Alicia, la sobreviviente del alud

Huauchinango, Pue.- Alicia tiene dos años. El alud que desbarató su casa la expulsó hasta el otro lado del río de aguas negras que corre paralelo al camino a Cuacuila, debajo de la calle Nigromante, a cinco cuadras del centro de Huauchinango. Ahí pasó la noche del sábado, de ahí la rescataron sus primos y vecinos que afanosos empezaron a buscarlos en cuanto el sol salió.

Pero no pasó lo mismo con su mamá de 33 años, su hermano de 12 años y su tío de 25 años. Por ellos, más de 50 personas, apoyados por algunos rescatistas que llegaron de Epazoyucan, en Hidalgo, continúan buscando en la ladera, entre la tierra mojada, entre las ramas de algunos arbustos, piedras y el cascajo de lo que fue alguna vez su vivienda.

Armados con machetes, con palas o con las manos, espulgan cada centímetro de terreno para encontrar a sus amigos. Este lunes se citaron a las siete de la mañana, frente al campo de fútbol que está al otro lado de la calle, para organizar las brigadas: unos bajarán al barranco, otros prepararán los alimentos, otros más ayudarán a evacuar a quienes quedaron en riesgo,

Trabajaban al lado de los socorristas tratando de remover toneladas de lodo y piedras, ayer en la tarde tuvieron que parar porque la lluvia empezó de nuevo. No tan abundante como el sábado, pero no quisieron arriesgar a que hubiera otro derrumbe. “La barranca está sentida”, dijeron.

En medio del lodo, al lado del río, rescataron a Alicia. La niña, no tenía zapatos, pero al parecer tampoco un rasguño. De cualquier manera se la entregaron a sus familiares y la llevaron al Hospital General de Huauchinango.

Hasta este lugar no ha podido entrar la maquinaria pesada, todo el camino a Cuacuila que tiene una longitud de 3 kilómetros está lleno de deslaves. Desde la parte de arriba, se pueden ver los techos de las viviendas que estaban del otro lado del camino, tapadas por la tierra y por grandes árboles.

“Sólo esperamos que hayan tenido tiempo de salir”, dicen esperanzados mientras preguntan si alguien sabe algo de don Genaro, un hombre mayor que vivía sólo en la parte baja de la ladera. Pero nadie sabe responder.

Jacinto y su hijo de 15 años, bajaron desde Cuacuila, para llegar a la zona de deslaves con la intención de colaborar en el rescate. Otros vecinos de la misma calle Nigromante trajeron sus estufas, hicieron las colectas y empezaron a preparar el chile con huevo y el arroz para los que están abajo.

El descenso empieza en la escalera de la casa de otro vecino, don Carlos, que ha prestado también su patio para la instalación de la cocina. Luego, hay que bajar casi a gatas porque la tierra está chiclosa. Todos temen que pueda darse un nuevo desprendimiento y arriba las mujeres colocaron una cinta roja para impedir que los curiosos se acerquen a la orilla de la calle y puedan sufrir un accidente.

Al lado, un poste de luz, está a punto de irse a la barranca. Sólo está detenido por la tensión de sus cables que pueden reventarse en cualquier momento y, aunque ya lo reportaron, aún esperan que personal de la CFE llegue a repararlo.

Mientras del lado izquierdo, una abuela indígena, rodeada de sus escasas pertenencias, muebles y su perro, espera por su familia para reubicarse.

Aunque hay fuerza y solidaridad entre la gente, el llanto no se hace esperar mientras miran hacia abajo esperando tener noticias de la joven madre de Alicia, de su hermano y de su hijo. Otros miran hacia arriba y se encuentran con el descomunal desgajamiento del cerro en que está asentada su vecina, Cuacuila.

Desde aquí pueden verse el cerro desgarrado por un zarpazo de agua del lado de los barrios de Zoquiapan y Cuicoya, y un trío de casitas que quedaron en el voladero, mientras siguen buscando a la madre de Alicia.

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