Martes de carnaval, el día en que hay que ahuyentar los malos aires

Por LETICIA ÁNIMAS VARGAS

2018-02-14 HUAUCHINANGO, PUE.- Mientras el tlamatqui (el que sabe) Domingo Garrido sahuma y coloca las máscaras de los huehues sobre los rojos paliacates en donde se pondrán las ollas de mole, el xocoatolli y el pan, el lingüista René Esteban Trinidad, explica que los nahuas de Cuacuila, en Huauchinango, creen que en el carnaval los aires que causan las adversidades son libres de apropiarse de los cuerpos de los seres humanos y de las herramientas agrícolas y, para ahuyentarlos, es necesario hacer una ofrenda ritual denominada xopechtli.

Es martes de carnaval y hasta la puerta de la pequeña casa del curandero llegan tres comparsas, unos 500 danzantes, que vienen a comer carnitas y a bailar. Primero llegaron Los Acaxales que buscan rescatar la esencia de la fiesta de la carne y participan en el ritual. Un trío huasteco los acompaña, bailan los yehyecason o “sones del aire” y luego pasan un ramo de siete yerbas por la puerta de la entrada de la vivienda para limpiarla y que haya prosperidad para la familia. Entran con todo y músicos y también bailan ante el altar.

Este día “es el principal para festejar al aire que anda rondando las calles, para él ese día está libre, puede hacer y deshacer y puede pasar un accidente, puede pasar un asesinato y, no es, porque así sea el destino de una persona, es porque el aire es su día, se tiene que llevar a alguien. Se lo lleva de huarache o de zapato, a fuerza tiene que pasar eso y se debe ofrendar”, dice Domingo mientras organiza a sus hermanas y sus compadres que echan las tortillas, lavan y pican el cilantro y la cebolla, muelen la salsa, hacen el arroz, mueven la paila repleta de carnitas, le ponen leña al fogón, acarrean las sillas y las mesas, preparan el agua de fruta.

Antes, detalla René, la ofrenda se realizaba en el lugar donde se “descabezaban los gallos” comúnmente en un árbol porque los pobladores decían que “el aire se esconde, en las barrancas, en el monte y en los árboles”. Pero la descabezada se prohibió y han pasado desgracias, como la del sábado pasado, cuando un danzante de Zacamila murió en pleno centro de Huauchinango, mientras tronaba su chicote, señalan.

En el ritual que se hacía hasta la década de los 80 del siglo pasado,  los huehues o “caras de viejo” asistían sin disfraz a la ceremonia. El curandero depositaba un pollo cocido para los siete aires de los cuatro puntos cardinales, se ponían 28 tortillas, 28 cervezas, 28 platos con mole, 28 tamales y un litro de aguardiente, detalla René.

Luego, el curandero empezaba una oración para “negociar, suplicar y ordenar a la colectividad de entidades anímicas y colocando una barrera protectora para los pobladores, colocando además en la ofrenda siete copales con apariencia antropomorfa vestidos con papel oropel y envueltos con papel de china que les otorgaban temporalmente a los aires un envoltorio corporal para impedir que se apropiaran de las personas o de sus herramientas agrícolas”.

Antaño en Cuacuila, dice René, el martes de carnaval “no se trabajaba, no se gritaba, no se salía a lavar la ropa, no se utilizaban las herramientas agrícolas. Se tenía muy presente que los aires andaban sueltos y a ciertas horas del día, porque los yehyecame hacen bailar a las herramientas, es por eso, que muchos sufren accidentes cortándose con el machete y con el hacha, todo eso es provocado por los aires”.

Por eso, se hace “la descabezada” y la ofrenda para evitar que se lleve el alma de las personas, señala el tlamatqui, Domigo Garrido.

“En esa reciprocidad ritual que pactaban los seres humanos con la colectividad de entidades anímicas de ofrecer sangre en lugar de vida, estructuraban los nahuas la salud y un buen temporal en el ciclo ritual agrícola”, concluye René Esteban Trinidad.

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