TRANSICIÓN Y RESISTENCIAS

Jorge Armando Hernández C.

A más de un año del cambio de régimen en México, es posible darnos cuenta del rumbo que están tomando las cosas. Hoy vivimos en un proceso de transición tras la coyuntura electoral del 2018 y, como es sabido, todo cambio genera recesión.

El sistema político mexicano se encuentra en esta misma situación. Recordemos que un sistema político es aquel que en su interior lleva a cabo el proceso de toma de decisiones para dar respuesta a ciudadanos que demandan resultados.

Hoy vemos agitación al interior del gobierno en los diferentes poderes mientras por otro lado  se cimbran las estructuras sociales. El tema de un posible golpe de estado ya lo ha insinuado el propio AMLO y en medio del actual contexto latinoamericano no es tan extraño que algunos lo auspicien. Más aún, sabiendo del enorme resentimiento de grupos y figuras políticas que con la llegada de Morena al poder se han visto desplazados y se dedican a incrementar los ataques.

Por ello es que a nivel nacional las resistencias al cambio están de manifiesto por parte de estos grupos contrarios cuyos intereses hoy están claramente en riesgo. No es difícil que debido a sus nexos con diferentes células delictivas, ellos mismos estén generando la mayor inestabilidad social posible a fin de presentar al nuevo régimen ante la opinión pública como ineficiente y hasta decepcionante. A ello hay que agregar el hecho de que, al ser partido en el poder, Morena se ha convertido en un botín donde la lucha por el control  ha desatado todo tipo de ambiciones y disputas al interior.

Mientras tanto, el tiempo avanza y las demandas sociales ahí están.  El margen de espera empieza a extinguirse. El discurso de culpar a los gobiernos anteriores aunque resultó bastante válido, ya no es argumento que mantenga conforme a la ciudadanía. En diferentes foros públicos, principalmente en las redes sociales, la exigencia es creciente al tiempo de que se agudiza la ofensiva de quienes hoy se oponen al régimen.

Sabemos muy  bien que con Fox sólo hubo un cambio de siglas. Pero el sistema no se transformó. El neoliberalismo continuó con todas sus prácticas. Lo mismo con Calderón y Peña. El concepto de narco estado se volvió tangible en el país. Y el pueblo de México, el incansable pueblo de México, tras la frustración siguió esperando.

El gobierno de AMLO aún tiene bastante respaldo social. Pero si no se empieza a palpar el bienestar en los bolsillos, en la salud y en la seguridad pública, poco servirán los esfuerzos por llevar a cabo la tan anhelada transformación.

Los programas sociales ya se incrementaron y  están en marcha, pero aún hay quienes mantienen las prácticas de corrupción y manipulación de los mismos con fines electorales. Tal y como se hacía con los gobiernos anteriores. Y esto, lejos de avanzar, representa un claro retroceso.

Es innegable que la 4T  se encuentra frete al duro golpe de la triste realidad. Y ello implica reconocer lo obvio. Tal realidad no es más que las resistencias al cambio por los sectores mencionados y el pantano de todos los  vicios del viejo régimen. Uno de los principales,  la corrupción. Aquella que dijo Peña Nieto que estaba culturalmente arraigada al pueblo de México, y de la que AMLO  asegura que no es así, que el pueblo mexicano no es corrupto, que es bueno y trabajador en su mayoría.

Con este cambio de régimen, no sólo está a prueba AMLO, Morena, el sistema de partidos y la propia sociedad mexicana, ese “pueblo bueno” mexicano.

En realidad estamos a prueba todos. Qué tanto somos capaces de “transitar en esta transición”, desde el rol social en el que nos desempeñamos. Qué tanto cumplimos, participamos, exigimos, permitimos  y nos apegamos a los principios y valores que como país demandamos.  

Las estructuras tras cimbrarse, se acomodan.

Siendo así, lo que viene es una grandísima lección imperdible.

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